Los economistas están en crisis. Quizá más que el propio sistema. Si preguntas a alguien por los culpables de la crisis, el 90% te dirá: “los banqueros” o “los economistas”, dando por sentado que son lo mismo.
La que se dio en llamar “la ciencia del bienestar” tiene a día de hoy un perfil más bajo que nunca. Hubo un tiempo en que esto no era así. Un tiempo en el que se tenía bien claro que las finanzas, o los mercados, o como se los quiera llamar, eran una parte de la economía, y no LA economía.
Hay muchas definiciones para la economía, tantas como escuelas. La escuela predominante, la que se enseña en las universidades, es la neoclásica, frecuentemente acusada de ser excesivamente liberal. Los marginalistas entienden a la economía como la ciencia que se encarga del estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante bienes que, siendo escasos, tienen usos alternativos entre los cuales hay que optar. Es decir, maximizar el bienestar con recursos escasos.
El problema parece por tanto hacia dónde orientar los recursos. Cualquier economista te diría que hay que apuntar hacia donde apunte la voluntad popular. Nadie sabrá mejor cómo hacerte feliz que tú mismo. El problema es que a menudo las necesidades humanas entran en conflicto, y es necesario un juez, con lo que surge el aparato estatal para decidir qué opciones son las mejores desde el punto de vista del colectivo.
No hay duda de que un sistema financiero potente tiene la capacidad de hacer feliz a la gente: permite dejar tu dinero en un banco sin sorpresas. Pero también un bosque. O una escuela gratuita. O la sanidad pública. O una sociedad equitativa. Los primeros estadistas y economistas modernos entendieron que un mercado puro no podía garantizar estas necesidades básicas, por lo que dotaron de herramientas al sistema para poder crear un “estado del bienestar”.
Con el tiempo estas prioridades y la memoria de la dificultad asociada a su consecución se han ido perdiendo. Cada vez más, la gente confunde bienestar con PIB o con una menor tasa de paro. Creemos que viviremos mejor si el IBEX35 crece. Pero esto no es así. El bienestar es algo mucho más complejo, más complicado que el más enrevesado de los sistemas financieros. Y en el fondo, muy en el fondo, somos consciente de ello. Por eso a los europeos no nos gusta el sistema norteamericano, aunque sería el mejor para el IBEX35. No lo queremos. A no ser que nos hagan creer que no hay otra opción.
Y es aquí donde los economistas hemos fallado. La economía como ciencia se ha ido desplazando hacia la investigación y la docencia, y se ha dejado la política para los gestores. También la economía como ciencia ha perdido visibilidad en los medios. El coste es una pérdida irrecuperable de poder de decisión, que ha recaído sobre gestores sin idea de economía, en el mejor de los casos, o con intereses en el mundo de la empresa, en el peor. A día de hoy no sabría especificar en qué categoría meter a nuestro ministro De Guindos.
Estos gestores contribuyen a inducir a la confusión llamándose a sí mismos “economistas”. Y puede que realmente lo sean de título. Pero un trozo de papel no garantiza el respeto a la ciencia. Y menos en una rama en la que no existe ningún código deontológico.
El resultado es un desprestigio sin precedentes de la economía. Desprestigio que entiendo, e incluso comparto en algunos casos, cuando se refiere a los supuestos “profesionales” que hacen a día de hoy economía. Pero que considero profundamente injusto en el caso de la ciencia económica, construida a lo largo de los siglos con el conocimiento de muchos investigadores que compartían una meta: el bienestar.